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Detrás de la Música · Aura Radio

Moguer

Escribí esta canción para entender cómo lo que amamos permanece

Cuando compuse Moguer, mi intención era retratar ese instante mágico de las seis de la tarde, cuando la cal se vuelve naranja y los recuerdos se entrelazan con el presente. Quise contar la historia de una abuela que regresa a su pueblo con su nieto de la mano. A través de la letra, voy recorriendo sus pasos: el convento de Santa Clara, la casa-museo del poeta y ese burro de bronce en la plaza del Cabildo. Mi decisión creativa fue transformar la nostalgia en una lección vital. En el contraste entre la risa del niño sobre el bronce tibio y la memoria acumulada, la canción revela su sentido profundo: comprender que aquello que verdaderamente queremos se queda para siempre, aunque nos vayamos.

Letra de la Canción

Vuelvo a Moguer con mi nieto de la mano
a las seis, cuando la cal se vuelve naranja.
Las calles me saben a cuando era niña,
al patio, a la reja, a la sombra del aljibe.
Le digo "mira" y no sé qué enseñarle primero,
si las puertas, la torre o mis años.
Mo-o-guer, Mo-o-guer, qué blanca te guardo,
como una página que nadie se atreve a manchar.
Mo-o-guer, Mo-o-guer, si un día me olvido de todo,
que me quede tu nombre para volver a empezar.
Pasamos delante del convento de Santa Clara,
donde ahora hay una biblioteca para los niños.
Él pregunta si los libros dejan de ser silencio
y yo le digo que no, que solo esperan.
Le digo "mira" y no sé qué enseñarle primero,
si las puertas, la torre o mis años.
Mo-o-guer, Mo-o-guer, qué blanca te guardo,
como una página que nadie se atreve a manchar.
Mo-o-guer, Mo-o-guer, si un día me olvido de todo,
que me quede tu nombre para volver a empezar.
En la casa donde nació el poeta cuentan
que el premio llegó en el cincuenta y seis,
y que aquel mismo año la casa se hizo museo.
Mi nieto mira la escalera y no pregunta nada.
Y tú, que aún no sabes lo que es la nostalgia,
tú que corres por la plaza sin mirar atrás,
algún día volverás con otro niño de la mano
y entenderás por qué me detuve a mirarte.
Llegamos a la plaza del Cabildo con el sol bajo
y allí está el burro de bronce, mirando al ayuntamiento.
Mi nieto sube a su lomo, se agarra a las orejas,
y yo, que no lloré en el entierro, lloro de risa.
Mo-o-guer, Mo-o-guer, qué blanca te guardo,
y en el bronce tibio de tantas manos pequeñas
Mo-o-guer, Mo-o-guer, ya sé lo que enseñarle:
que lo que se quiere se queda, aunque se vaya.
El bronce está tibio de tantas manos.
Él se baja. Yo lo sigo.
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