Detrás de la Música · Aura Radio
La Nava
Un camino de tierra hacia las Virtudes para encontrar la paz sin pedir nada
Escribí La Nava para retratar el recorrido de cuatro kilómetros hasta la ermita de las Virtudes, cuya devoción nace a finales del siglo XIII. Mi intención era contar la historia de esta mujer que camina entre alcornoques y encinas, sin prisas, ruego ni preguntas, dejando que el silencio la acompañe a través del ancho valle.
En lo creativo, quise detenerme en el banco de piedra gastado por miles de personas, ese lugar que conserva el calor de mayo y ofrece un sitio guardado. Al bajar al atardecer entre el amarillo del trigo, la canción cierra mostrando cómo se puede recibir una paz inmensa sin haber pedido nada.
Letra de la Canción
Un camino de tierra de cuatro kilómetros separa el pueblo de la ermita, y casi no tiene curvas. Subo despacio con la sombra del alcornoque y el silencio me da la mano como un viejo conocido. No llevo prisa, ni ruego, ni pregunta, solo el paso que se acuerda del camino. La Na-a-va, La Na-a-va, qué ancho tienes el valle, con tus Virtudes esperando entre las encinas. La Na-a-va, La Na-a-va, qué antigua tu promesa, más vieja que todas las prisas del mundo. Dicen que hace muchos siglos, a finales del XIII, alguien subió por aquí con la misma pregunta. Y que la Virgen escuchó y se quedó, y que desde entonces el camino no se cierra. No llevo prisa, ni ruego, ni pregunta, solo el paso que se acuerda del camino. La Na-a-va, La Na-a-va, qué ancho tienes el valle, con tus Virtudes esperando entre las encinas. La Na-a-va, La Na-a-va, qué antigua tu promesa, más vieja que todas las prisas del mundo. Llego a la ermita y me siento en un banco de piedra que está gastado como una hoja de cuchara. Miles de personas lo han calentado antes que yo y por eso, en mayo, todavía guarda calor. Y tú, que te sentaste aquí sin que nadie lo supiera, tú que dejaste tu forma en la piedra sin querer, te doy las gracias por el sitio que has guardado: me encaja como si hubiera sido para mí. Al caer la tarde bajo despacio por el mismo camino y el valle se tiñe de un amarillo de trigo. No he pedido nada y siento que me han dado una paz del tamaño de una montaña. La Na-a-va, La Na-a-va, qué ancho tienes el valle, y qué larga es la paz que me has regalado. La Na-a-va, La Na-a-va, qué antigua tu promesa, y qué breve el tiempo para agradecerla. El banco de piedra sigue guardando un sitio.