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Detrás de la Música · Aura Radio

Hinojos

La medalla de mi madre al cuello y un camino de pinos que enseña a sonreír

Escribí Hinojos para plasmar la serenidad de una despedida a través de la peregrinación hacia el Rocío. Quería contar la historia de esta mujer que camina entre los pinares de Doñana con su hermandad, llevando al cuello la medalla que le dio su madre antes de morir. Mi intención era retratar un viaje sin prisas ni preguntas, donde el crujido de las ruedas, el olor a resina y el murmullo del descanso a mediodía se convierten en una oración constante. Cada paso por la arena dorada busca honrar a quien le enseñó a caminar sin mirar atrás. Al divisar el campanario, el dolor se transforma: no hay lágrimas, solo esa sonrisa compartida que eterniza su legado.

Letra de la Canción

Son las seis de la mañana y ya estamos caminando,
el pinar huele a resina y a madrugada.
Llevo al cuello la medalla de la hermandad
que me dio mi madre antes de morirse.
No tengo prisa, ni tengo preguntas,
solo el silencio y el ruido de las ruedas.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, qué largo es tu camino,
entre pinos, arena y cielo abierto.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, cada paso es una oración,
y el Rocío, al final, te espera sin prisa.
Cruzamos terrenos que no tienen nombre,
dicen los viejos que por aquí pasaba el rey.
Un puente de madera sobre un arroyo seco
y el carro que se mece como una barca de tierra.
No tengo prisa, ni tengo preguntas,
solo el silencio y el ruido de las ruedas.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, qué largo es tu camino,
entre pinos, arena y cielo abierto.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, cada paso es una oración,
y el Rocío, al final, te espera sin prisa.
A mediodía paramos bajo un pino enorme
y alguien reparte pan, queso y agua fresca.
Me siento con los ojos cerrados y escucho
el murmullo de todos los que hablan bajito.
Y tú, madre, que me enseñaste a caminar
sin mirar el reloj y sin mirar atrás,
hoy te llevo en este pinar, en mi medalla,
y todo el camino lleva tu nombre.
Al caer la tarde asoma el campanario lejano
y la arena se vuelve dorada bajo el sol.
Aprieto la medalla con la mano cansada
y no lloro: sonrío, como ella sonreía.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, qué largo es tu camino,
y yo he llegado sin sentir los pasos.
Hi-no-jos, Hi-no-jos, cada paso fue una oración,
y el Rocío, por fin, me ha abierto los brazos.
La medalla de mi madre
ya conoce el camino.
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