Detrás de la Música · Aura Radio
El Granado
Un río callado, un ancla oxidada y la memoria viva de un puerto minero
Escribí "El Granado" para rescatar la memoria de un río Guadiana que antes no dormía. Quise transformar en música el recuerdo de mi padre con polvo de manganeso en las cejas y la historia de un puerto de mineral, La Laja, que hoy guarda un silencio profundo frente a Pomarão. Con esta obra busqué plasmar cómo el tiempo convirtió las vías del tren en senderos y redujo un pueblo de más de mil habitantes a unas pocas docenas. Pero, sobre todo, quería retratar esa escena donde llevo a mi nieto al puerto y él acaricia el ancla oxidada como a un animal. La canción nace para demostrar que, aunque los barcos no vuelvan, ese hierro viejo sigue sujetando algo.
Letra de la Canción
Hubo un tiempo en que este puerto no dormía: los trenes traían mineral y los barcos se lo llevaban. Mi padre trabajaba en el cargadero y volvía a casa con polvo de manganeso en las cejas. El río está igual, pero ya no pasa nada, solo el agua que baja hacia el mar. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué río tan callado, con tu puerto de La Laja sin barcos. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué puente tan nuevo que une dos orillas que ya se conocían. Del otro lado, en Portugal, estaba Pomarão con su propio puerto y su propia gente. Nos mirábamos desde las dos orillas como quien se saluda sin cruzar el agua. El río está igual, pero ya no pasa nada, solo el agua que baja hacia el mar. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué río tan callado, con tu puerto de La Laja sin barcos. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué puente tan nuevo que une dos orillas que ya se conocían. Éramos más de mil, en el año cuarenta, y hoy contamos los vecinos por docenas. Los jóvenes se fueron buscando otras vías y las vías del tren se volvieron senderos. Te hablo a ti, ancla vieja, que sigues en la orilla sin saber que los barcos ya no vuelven: tú me enseñaste lo que es estar sujeto a un sitio que ya nadie necesita. Hoy camino por la vía convertida en camino y llego al puerto con mi nieto de la mano. Le enseño el ancla, le cuento lo del manganeso, y él, sin preguntar, la acaricia como a un animal. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué río tan callado, pero un niño le canta al ancla vieja. El Gra-na-do, El Gra-na-do, qué puente tan nuevo, y aún hay quien cruza sin dejar de volver. El ancla está oxidada. Pero sigue sujetando algo.