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Detrás de la Música · Aura Radio

El Cerro de Andévalo

Hay tradiciones que no se explican con palabras, solo se heredan caminando

Escribí esta canción para plasmar el sentimiento de vestir de blanco cada año en la romería de San Benito y bailar con la lanza adornada de cintas que heredé de mi abuelo. Mi intención fue contar ese instante tan íntimo en el que mi hijo me pide la lanza; al principio le digo que es pronto, pero al ver cómo ensaya mis pasos por el rabillo del ojo, me doy cuenta de que la tradición no necesita explicaciones. Hay cosas que solo se aprenden y se heredan caminando. Quise reflejar la emoción de poner la lanza en sus manos al terminar la danza, perdiendo el miedo al tiempo porque nuestra herencia ya pertenece a tres generaciones.

Letra de la Canción

Cada año el día de San Benito me visto de blanco
y cojo la lanza que me dio mi abuelo.
No es un arma, es un bastón con adornos de cinta,
y pesa más cuanto más tiempo lleva en la familia.
En esta danza nadie sabe quién empezó,
solo que ya la bailaban antes de que existiera el reloj.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué ancha es tu llanura,
con tus lanzas de cintas al viento.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué quieto es tu silencio,
y qué viva tu danza bajo el sol.
Dicen que esta romería es de las más antiguas,
que hay papeles con más de cuatrocientos años.
Yo no sé de papeles, sé de pasos contados
y de dónde pongo el pie cuando suena el tambor.
En esta danza nadie sabe quién empezó,
solo que ya la bailaban antes de que existiera el reloj.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué ancha es tu llanura,
con tus lanzas de cintas al viento.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué quieto es tu silencio,
y qué viva tu danza bajo el sol.
Esta mañana mi hijo me ha pedido bailar con la lanza
y yo le he dicho que todavía no, que es muy pronto.
Pero lo he visto por el rabillo del ojo
repetir mis pasos con un palo de escoba.
Y tú, abuelo, que me pusiste la lanza en la mano
sin decirme que sería mía para siempre,
hoy entiendo por qué no me explicaste nada:
hay cosas que solo se heredan caminando.
Al terminar la danza me siento en una piedra
y mi hijo se acerca con la lanza de verdad.
La pongo en sus manos, pesa casi igual que él,
y por primera vez no tengo miedo del tiempo.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué ancha es tu llanura,
y mi hijo ya sabe dónde poner el pie.
El Ce-e-rro, El Ce-e-rro, qué quieto es tu silencio,
y la lanza sigue bailando en otras manos.
La lanza de mi abuelo
ya tiene tres generaciones.
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