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Detrás de la Música · Aura Radio

Cabezas Rubias

Escribí Cabezas Rubias para contar cómo el hierro y el legado se heredan con paciencia

Escribí Cabezas Rubias para capturar la intimidad de la fragua antes de enero, donde la tradición y el pulso personal se encuentran. Quería contar la historia de la mujer que asume el legado de su padre y forja a mano las espadas para la danza. Mi intención fue reflejar la tensión de ese momento crítico: cuando la última espada se le tuerce en el temple, a solo diez días de la fiesta. Al buscar el consejo invisible de su padre y calentar el hierro despacio, el metal por fin cede. Con esta obra quise plasmar cómo la paciencia transforma la duda en maestría, celebrando el instante en que el martillo pasa a ser verdaderamente suyo.

Letra de la Canción

Es noviembre y la fragua ya está encendida,
el humo se enreda en las vigas de la casa.
Siete espadas, nueve espadas, las que haga falta,
y yo sola con el martillo de mi padre.
Cada golpe es una cuenta atrás,
cada chispa, una promesa.
Ca-be-zas Ru-bias, qué enero tan encendido,
con tus espadas forjadas a mano.
Ca-be-zas Ru-bias, qué hierro tan dormido
que despierta con la danza de los tuyos.
Mi padre las hacía antes que yo, y su padre antes que él,
con el mismo yunque y la misma paciencia.
Nunca me dejó tocar el martillo grande:
decía que el hierro se enfada con quien tiene prisa.
Cada golpe es una cuenta atrás,
cada chispa, una promesa.
Ca-be-zas Ru-bias, qué enero tan encendido,
con tus espadas forjadas a mano.
Ca-be-zas Ru-bias, qué hierro tan dormido
que despierta con la danza de los tuyos.
La última espada se me tuerce en el temple
y el hierro grita al meterse en el agua.
Me quedo mirándola, caída sobre el yunque,
sabiendo que a diez días de la fiesta no hay otra.
Y tú, padre, que me dejaste esta fragua
sin decirme cómo se arregla lo que se tuerce,
dime desde dónde estés si el hierro perdona
o si tengo que empezar de nuevo, con el fuego.
Vuelvo a calentarla despacio, sin prisa,
como si fuera una brasa que quiere ser fuego.
La golpeo con la mano de mi padre,
y el hierro, esta vez, se acomoda y obedece.
Ca-be-zas Ru-bias, qué enero tan encendido,
y la última espada brilla como un sol.
Ca-be-zas Ru-bias, qué hierro tan despierto
que baila por fin en manos de los tuyos.
La espada ya está lista.
Y el martillo es mío.
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